Soy una pescadora de tradiciones


Mi padre se llamaba Luis Blanco, era del estado Apure y mi mamá se llamaba Rosa Aponte y era del Táchira. Ellos se casaron cuando yo estaba grandecita, pero a mí nunca me gustó el apellido de mi papá porque no me calaba eso de Silvia Blanco, me parecía que no combinaba para la escritora que yo quería ser. Entonces aproveché uno de tantos viajes que hicimos a Venezuela para hablar con el registrador, que me pusiera Aponte y me aumentara dos años para poder llevar mi tarjeta de identidad; entonces quedé Silvia Aponte y dos años más vieja.

Hablar con Silvia Aponte, escritora de 14 libros sobre el llano entre novelas, cuentos, libros para niños y otros trabajos de investigación, es detener el tiempo, entrar a los territorios mágicos de la oralidad en los cuales Silvia oficia de chamán. Cuando empieza a hablar se transforma y se olvida de la adversidad, su rostro se convierte en un espejo donde se reflejan las historias que ha ido tejiendo en la infatigable tarea de recorrer el llano y recoger sus cuentos y leyendas.


Nació en Puerto Rondón, Arauca, pero ha recorrido gran parte del llano. Primero con sus padres y luego por cuenta propia: me vine pequeña de allí, salí con mi papá y mi mamá a recorrer hatos. Mi papá trabajaba como vaquero o domador de potros o lo que fuera, como él mismo decía, “le tiraba palo a todo mogote”, trabajaba un tiempo en un hato y decía vamos para cualquier parte, y arrancábamos. De esos hatos recuerdo El Amparo, donde viví cuando tenía siete años y que me sirvió luego para componer Las guajibiadas, pues allí alcancé a ver y a oír cosas. Uno sabía que iban a salir a matar indios porque la gente se armaba y salía en grupos. Después de dos o tres días regresaban con el botín: arcos, flechas, canastitos, pelotas de cabuya, chinchorros, todas esas cosas; uno sabía que habían ido a guajibiar aunque nadie le dijera nada.

La mirada de Silvia se fija en el palo de papaya del patio de su casa, en la séptima etapa del barrio La Esperanza, y siento que está muy lejos, y siento que el miedo asoma, tímido, a sus pupilas, pero sólo un instante.

No le tengo miedo a la muerte, más bien la espero como un alivio, en esas estoy, esperando que llegue. Es que en el llano uno está siempre conviviendo con la muerte, con los animales salvajes, el tigre, las culebras, el peligro es permanente y uno no sabe cuando le toca. A mí me ha visitado varias veces, casi siempre encarnada en otros pero ahora que la siento cerca pienso: me voy a morir, qué carajos. Lo que sí me dio muy duro fue la muerte de mi hijo Rafael, fue muy difícil, me parecía mentira, no me acostumbraba, era como si estuviera vivo. Eso trastornó mucho mi salud pero de todas maneras aquí estoy, esperando cuando ella diga. Es que esta enfermedad ha sido bastante traumática, me siento muy deprimida porque estoy acostumbraba a correr de un lado para otro. A veces me voy a parar y el cuerpo no me responde, eso ha sido muy difícil, si no fuera por mis dos hijas, por sus cuidados, ya me hubiera dejado morir.


Pero esa nostalgia sólo dura un momento porque el espíritu hablador de Silvia vuelve a invadirla y, como me enseñó Liliana Bodoc, la escucho limar sus dientes para que las palabras no se lastimen al salir de su boca; la veo untarse la lengua con savia pegajosa para que las palabras no se atropellen y siento que regresa el espíritu de la juventud para ayudarle a oficiar el rito de repetir las mismas cosas que ha dicho muchas veces y, sin embargo, cosas nuevas, recién estrenadas.

Empecé a escribir para participar en un concurso de RTI, que convocaba a las amas de casa a presentar un guión de televisión. Entonces me dije, voy a escribir, voy a cumplir mi destino. Ya mis hijos estaban grandecitos y se burlaban de mí; empecé a escribir Las guajibiadas, pero me di cuenta de que era una obra de amplitud grande, de espacios abiertos, que no calaba para un guión sino que era otra cosa. Luego escribí para un concurso de cuento regional, en 1975, La Catira María Eucadia y gané el primer premio. Dos años después, en 1977, vino otro concurso para el que escribí dos cuentos y obtuve el primero y el segundo premios con Lindo Lindo y el musiú, y El camarita. Luego vinieron otros libros como Pocatín y Tilín en el reino perdido y El sapo Toribio, que son libros para niños, y después el resto: La canoa maravillosa, Rompellanos, Los cuatro caballos del viento, El capitán Guadalupe Salcedo, Sonrisas de Dios, Guayare y Verónica Escalante, además de los trabajos de El pescador de tradiciones y Los imaginarios del saber, un libro sobre la historia de treinta árboles de Villavicencio.


Silvia habla sin tropezarse ni errar, es como si toda su vida hubiera estado haciendo el mismo trabajo: contar, con gracia y soltura, las historias de su tierra, aunque muchas veces se sienta extraña, como si otros hombres hubieran cambiado las historias y trocado las antiguas palabras por palabras nuevas, desconocidas, y fuera su deber volver las cosas a su sitio: siento que es necesario guardar las memorias del llano, para que en un futuro se pueda decir: el llano era así y los contadores de historias lo describieron como lo vivieron, porque el llano ya no es lo mismo que nosotros conocimos,tenemos un llano prestado, somos extranjeros en esta tierra.

Yo me considero una narradora con el deber de contar las cosas que verdaderamente me gustan del llano, hablar del llano y con el llano es placentero; he escrito y contado lo que quería contar y escribir. Es algo que llevaba dentro y a través de las conversaciones y la lectura me surgió la necesidad de contarlo. Cuando empecé a escribir sentí mucho placer, era como si estuviera viviendo un mundo diferente, se me olvidaba todo: mi estado económico, mis necesidades, mis temores. Metida en ese mundo mágico entre la realidad y la fantasía significaba volver a pasear por todos esos sitios y volver a los lugares, a los personajes, a mis padres, a mis amigos y a los inolvidables paisajes del llano.

Cuando termina la siento otra vez cansada, escucho su cuerpo que se queja pero que continúa luchando contra la artritis; sus huesos gimen y sus articulaciones se niegan a obedecer, pero ella sabe que una vez empiece a hablar todo cambiará, cuando se levante su voz, las fuerzas regresarán y las sombras cederán su lugar a la magia de sus cuentos: cuando vivía en El Retiro entretenía a los muchachos contándoles cuentos; era algo que estaba dentro de mí; reunía mi público de chinos todas las tardes, nos sentábamos y les contaba cuentos; después las viejas empezaron a decir que yo fumaba marihuana con los chinos. Esas fueron mis primeras experiencias de narradora. Luego lo que le he contado y que todo el mundo sabe. Ahora sólo espero tener tiempo para los dos últimos libros que estoy escribiendo.

Articulo escrito por Henry Benjumea Yepes, publicado en la revista Metrópolis.


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