6juym7omj1b7z1gfvn906l263ivgu1 6juym7omj1b7z1gfvn906l263ivgu1 “La Leyenda del Silbón”
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“La Leyenda del Silbón”


Secundino Guanay, un labriego conocedor de llano, decide renunciar a su trabajo en el Hato Los Canaguaros y emprender una travesía junto a su pareja, sus dos cuñados y su nuevo socio con la esperanza de fundar un nuevo Hato y acumular inmensas riquezas.


Secundino Guanay, un llanero descendiente de los Achagua, conocía muy bien la sábana y las labores del llano debido al trabajo que desde su infancia había desempeñado en el Hato Los Canaguaros. Se caracterizaba por ser un excelente jinete, poseer un gran talento como domador de caballos y manejar muy bien la soga; aunque también era reconocido por ser mentiroso, dicharachero y sobretodo ambicioso.

Esta última característica lo impulsó abandonar su trabajo en el Hato y planear la creación de su propia riqueza, al costo que le fuera necesario. Decidió solicitar a su patrón que le pagara todo el trabajo que durante años no le había cobrado, petición que le fue concedida sin mayor obstáculo. Antes de emprender su aventura, había visitado el lugar en donde empezaría su Fundación, una sabana en las profundidades del llano en la que un caño alimentaba un gran río y una espesa selva habitada por serpientes, tigres y zancudos la rodeaba; la condición de esta tierra espantaba a cualquiera, motivo por el cual Secundino decidió llamarla “El Rincón del Miedo”.

A su regreso al Hato, decidió emparejar a Asunción, una indígena Tuneba poco simpática, quien aceptó ante la propuesta de Secundino y trajo consigo a sus dos hermanos menores, Esmeralda y José. Así mismo, lo acompañarían sus dos perros Coronel y Fielamigo, su nuevo socio Froilán, un esbelto joven de 19 años y otros dos trabajadores de su antiguo patrono, quienes solo los acompañarían mientras el ganado se amadrinaba.

Cesado el invierno a inicios del mes de noviembre, partieron con 30 novillas y 5 caballos, entre los que estaba Sute, el caballo que él mismo había cuidado desde el día en que el animal nació. El camino no fue fácil, la llanura era brava, los indígenas Guahibos los vigilaban con sospecha y la tierra pantanosa dificultaba el paso de las reses, que para los cuatro días de travesía se habían crecido a unas 100 gracias a que muchas o se fueron sumando voluntariamente a la marcha.

Al atardecer del quinto día, Secundino y su gente habían llegado al “Rincón del Miedo”, el lugar preciso para iniciar con la Fundación. Desensillaron los caballos, montaron sus chinchorros bajo un palmar y se dispusieron a descansar, lo que resultó imposible por quedar a merced de los zancudos, que tampoco dejaron en paz al ganado… solo hasta el amanecer lograron conciliar el sueño.

El verano había bajado el cauce del río y los caimanes acechaban desde las aguas; por su parte, las serpientes, tigres e indios lo hacían desde la selva. Bajo estas condiciones, decidieron iniciar sus labores.

Secundino, conocedor de los peligros del llano, tomó medidas. Advirtió a los suyos no adentrarse en el río, ordenó prender varias hogueras para que su humo espantara los zancudos y repartió las tareas de la Fundación, asignando a Ascensión las labores domésticas, a José y Esmeralda el pastoreo del ganado y él junto a Froilán asumieron la construcción del nuevo rancho y el manejo de las dos escopetas de fisto que habían traído consigo.

Los primeros días transcurrieron tranquilos pese a lo bravío de la llanura, la prosperidad de la Fundación se acompañaba con los atardeceres que junto a las aves decoraban el cielo con sus hermosos colores.

Una mañana, Coronel y Fielamigo despertaron a los moradores de “El Miedo” por la repentina visita de dos indígenas Guahibos, quienes arribaron en son de paz. El mayor de ellos, Enrique, un indígena con rasgos de mestizaje, lograba comunicarse con un español un tanto pobre. Fueron recibidos por Secundino y su gente con café y un desayuno. Tras el festín, los indígenas propusieron a los anfitriones intercambiar sus arcos, flechas y algo de mañoco y casabe por algo de sal; a lo que el Secundino aceptó, entregándoles una cantidad de sal poco generosa y proponiendoles intercambiar más sal si traían en una próxima ocasión más mañoco, casabe y además disponían de su gente para venir a trabajar en el futuro Hato. Con un acuerdo, los indígenas se retiraron de los predios de “El Miedo”.

El verano avanzaba y los primeros suministros se agotaban, por lo que Secundino decidió utilizar las pocas monedas de oro que su antiguo patrón le había entregado para encomendarle a Froilán y José traer provisiones de los lejanos mercados. Tras nueve días de viaje, volvieron los dos muchachos con dos mulas cargadas de mercancías, dentro de las cuales había retoños de topocho, yuca, plátano y semillas frutales con algunos cogollos florales, a lo que Secundino, algo molesto, determinó que solo la yuca, el plátano y el topocho eran de utilidad.

Esta reacción produjo una pequeña discusión entre ambos socios, por lo que Froilán le recordó a Secundino que todo esto también le pertenecía a él, lo que significaba que la dirección de la Fundación era compartida.

Ante este alegato, Secundino guardó silencio y reprimiendo su rabia, dio la espalda a su socio y alejándose lentamente emitió un silbido largo, agudo y triste que producía un frío que recordaba la muerte.

Continuará…

Esta producción ha tenido como fuente el libro “Cuentos, Mitos y Leyendas del Llano” del escritor y poeta Getulio Vargas Barón. Un libro producido con la colaboración de Corpes Orinoquía.

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